Tulip/ noviembre 12, 2018/ Diario/ 0 comentarios

Me lo dió el día su cumpleaños. Con una tarta improvisada en un bizcocho de corazón de fresa y unas velas que le había llevado.

Me entregó también el contrato ese día.

Recuerdo el momento en que me lo abrochó. Joder que bonito fue.  Se me puso toda la carne de gallina. Senti algo dentro de mí que podría denominar como “divino”. Pensé en la de veces que estuve a punto de tirar la toalla, hay miles de falsos Amos, y los de verdad escasean, pero allí estábamos, Amo y yo por fin nos habíamos encontrado.

Al día siguiente en el trabajo mis compañeros recalcaban lo feliz que estaba y lo guapa que me veían. Si, tenía el guapo subido de felicidad. ¡Diosssss mi Amo!!!!

Por fin me había cambiado la suerte. Por fin se cumplían mis deseos y mis ganas de entregarme. Por fin Amo había llegado a mi vida.

Pero nada es para siempre. Cuando recogí todas mis pertenencias de su casa, me desabroche el collar. Aquel que todas las noches tocaba para sentir junto a mí a Mi Dueño. El estiró la mano y lo coloqué en ella. Mis ojos se inundaron  de lagrimas, pero no lloré, esperé  a montarme en el coche. Allí en su mano no coloqué una joyita, allí  dejé mis esperanzas, mis fantasías, mis inquietudes, mis miedos, mi valor, mi compromiso, mi ilusión y mi entrega. Se quedó también una parte de mi corazón.

Me dolía fuerte el pecho, y mis ojos parecían tuberías. Comprendía el valor del collar, pero no imaginaba el dolor que se sentía al tener que devolverlo. ¡Que duro!

Cumplí hasta el final, y me dí cuenta de que no existe el PARA SIEMPRE, ni el SIEMPRE TUYA.

 

❣❣❣❣

 

Confesiones a una puta

Noches de cumpleaños pasean esta noche con la sola presencia de un pastel y unos ojos que me observan. Para mí no hay nada más. Sólo ella, mi regalo de cumpleaños y yo.

Momentos antes, esperaba sentado en el sofá de color rojo carmesí que tantas veces se ha estrenado con noches vacías, melancólicas y, al fin al cabo, insustanciales. El amor es para la gente real, decía Bukowski. ¿Eran ellas irreales? ¿Soy yo el que tiene un cuerpo insulso que no se estremece al contacto de una caricia?

He de decir que soy un romántico, siempre lo he sido, no lo puedo evitar. Quizá es por ello por lo que esas largas y fatídicas noches con esas mujeres de fondo vainilla, no han calado. Es más, sin socavar en el ego y el rencor, reconozco que eran únicas; bellezas artesanas que, como talladas a mano con mimo por un carpintero, vislumbraban fondos y formas hermosas y curiosas.

Pero el corazón, en ocasiones, es gran enemigo de la razón, ya que no admite lo que la mente sabe. Siempre he pensado que la mayor cobardía de un hombre, es despertar el amor de una mujer sin tener intención de amarla. Así que en cierto modo fui cobarde.

Y es aquí donde entra ella. Todo lo que he dicho antes… se disipa. Ya, ya los sé. Esto nos ha pasado a todos. No es nada nuevo. Pues, me da igual porque para mí lo es.

La semana anterior sólo era una chica que me iba a dar consejo. Sólo era eso. No sabía cuál era su cara, su cuerpo y lo más importante, su manera de mirar. Pero lo único que me importaba era conocer a alguien que me diese consejo, alguien que, sin conocerme, fue lo suficientemente amable y comprensiva para entender todo esto. Mi retiro de 18 años de este mundo, ha dado para mucho en el papel couché del sexo y en lo ortodoxo del amor, pero en lo oscuro de todo esto que nos rodea, queda mucho recorrido, aunque ahora que lo pienso, siempre lo habrá.

El día anterior al sábado que quedé con ella en el aparcamiento de un centro comercial, ese sentimiento había cambiado sospechosamente. Ya habíamos hablado alguna vez y despertaba en mí curiosidad. Todo era extraño, aunque todo parece extraño cuando se tienen los ojos bien abiertos.

Esto se parecía cada vez más a una de esas canciones de Quique González donde cuenta historias progresivas a través de una guitarra y el buen hacer de la palabra. Y como tal, pasó lo inevitable. Mi voluntad era sutil, escasa y con ganas de ser derrumbada. Y es verdad eso que dicen: “no juntes a dos tontos a coger mangos porque acabarán pisándose”. Ese pisotón se tradujo en beso, complicidad y más tarde en mi sumisa.

Y henos aquí, en esta situación agradable, extraña y llena de incertidumbre. Porque hay personas que respiran pero están muertas, que tienen miedo del qué dirán y siempre harán lo mismo. Yo no soy así. Nunca lo he sido. Necesito algo más.

Y volvemos a aquella noche del sillón rojo, pero justo antes de esos ojos observadores, bonitos, atrevidos. Volvemos a ese momento pero minutos antes, justo cuando, escuchado “strangers” de Portishead, sonó el teléfono y vi que era ella.

Los pormenores de la recogida los obviaré. Estaba nervioso, cansado y adormilado. Eran ya casi las 12:30 de la madrugada. Se había retrasado por trabajo y estaba impacientándome. No se merecía disciplina ni castigo, aún a sabiendas de que estaba enferma, de que había hecho horas extras en el trabajo, cambió la felicidad de su cama, por la de la mía.

Dos horas y medida entre silencios, risas y charlatanería quedaron olvidadas cuando, después de entregarla el contrato redactado, la puse su collar. Ya era oficialmente mía. Decidió pasar esa noche conmigo y de verdad, fue especial en muchos aspectos. Sé que no es muy ortodoxo hablar de esto. Pero me dio todo lo que necesitaba.

No hubo más; o sí. Pero si lo hubo no es cuestión de contarlo en este relato. Simplemente diré que aquí, empiezo de nuevo. Tengo algo por lo que ilusionarme, a alguien con la que poder avanzar, a quien proteger, a quien humillar, a quien aprender a querer al fin y al cabo.

Dejaré atrás lo que ocurrió hace casi 20 años.

Esta es mi confesión. No es para nadie salvo para ella y no habrá muchas más como esta.

♠️♥️♦️♣️

 

 

 

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